Cristales sucios

Marcapáginas Cristales 1

El libro Cristales sucios ha sido editado y publicado en abril de 2017 por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Espiel (Córdoba). La publicación es el resultado de la obtención por unanimidad del jurado del XXIV Premio Nacional de Poesía “Acordes”, que convoca anualmente dicha localidad. Se integra dentro de la serie de libros que componen todas las obras ganadoras en las sucesivas ediciones en que se ha convocado el premio, que cuenta ya con una larga nómina de autores reconocidos en el mundo de la poesía.

Cristales sucios es un poemario en el que se abordan distintos temas relacionados con la percepción de la realidad. Son temas que se tratan desde la perspectiva subjetiva e introspectiva del poeta ante el discurso lineal del tiempo como una imposición inevitable, frente a la que se contrapone una ruptura pretendida y explorada a través de la poesía. De este modo, el poemario es también una reflexión metapoética en la que se piensa la poesía como ámbito donde precisamente se produce esa ruptura del tiempo lógico y lineal, de modo que un poema puede contener la transmutación del pasado y la adivinación del futuro, fusionando ambas cosas en el presente. La emoción que subyace a ese propósito de ruptura del tiempo y sus lugares, así como del propósito de recrear el pasado en un presente abierto por el futuro, deriva de la consciencia de la transformación personal. Ese cambio lo provoca el amor, una historia de amor difícil que altera el mundo del poeta. Y eso es lo que el poemario esconde y a la vez desvela discretamente, la historia de un amor fronterizo, un amor entre el mundo impositivo del pasado y el mundo de lo posible que augura el futuro.

Cristales sucios viene precedido por una introducción del filólogo y poeta cordobés Rafael Antúnez Arce, titulada “La luz en la memoria” en la que se analizan algunas claves del poemario. En palabras de Rafael Antúnez, “el poeta nos aborda mediante la expresión de su soledad, de la desolación del ser humano en la ciudad moderna, mediante la exteriorización de su vacío y de su alienación en un territorio que no le pertenece y al que no pertenece”.

La obra se inicia con el poema que da título al libro, en el que, sobre un fondo anecdótico, se establece metafóricamente la forma en que la realidad se muestra a través de cristales sucios que, no obstante, dejan adivinar el mundo y cuya suciedad se funde con la realidad en los ojos del poeta ante un suceso personal doloroso. Pero, finalmente, el protagonista deposita en la voluntad de optimismo la capacidad de trasmutar la suciedad en una mirada limpia, una mirada futura llena de posibilidades.

Tras este primer poema se suceden otros trece, que desarrollan estos y otros temas directamente relacionados, siempre incidiendo en la reflexión de aspectos subjetivos apreciados en las emociones que se suscitan en un periodo de crisis interior.

LA LUZ EN LA MEMORIA, por Rafael Antúnez Arce

El poemario que nos ocupa, Cristales sucios, es un perfecto resumen del sentir del hombre contemporáneo ante la rapidez con que discurre la vida hoy en día. Así, el libro es una queja ante la fugacidad del tiempo y un canto nostálgico que pretende su recuperación a través de la memoria, o al menos una transfiguración de ese tiempo pasado. De esta manera, el poeta nos aborda mediante la expresión de su soledad, de la desolación del ser humano en la ciudad moderna, mediante la exteriorización de su vacío y de su alienación en un territorio que no le pertenece y al que no pertenece.

Esta poesía se incardina perfectamente en una tradición poética que, a mi parecer, le debe mucho sobre todo a la poesía de la generación del 50 (y esencialmente a voces como Ángel González y José Ángel Valente en su primera época), y también, aunque en menor medida, a la poesía de la experiencia, a través de voces como Luis García Montero, Felipe Benítez Reyes, Vicente Gallego o Carlos Marzal. No obstante, el autor tiene una voz poética propia bien definida, en la que se aúnan los patrones métricos de base (fundamentados en el endecasílabo, el heptasílabo y el alejandrino, pero sin mantener un esquema métrico estricto), una tensión emocional constante y un ritmo vertiginoso, que no decae nunca y que demuestra una habilidad estilística considerable, ya que en un poema largo sostener la agilidad del discurso no es nada fácil.

El paisaje urbano está presente de manera constante en todo el libro, si bien los elementos que lo integran (las farolas, los adoquines, las calles, las factorías, las chimeneas, los polígonos industriales, etc.), aparecen como hostiles. Aquí, todos estos elementos carecen de una vida real, semejan un espejismo, y son tan solo el escenario de una tristeza que conduce a la introspección interior y a la añoranza. Es más, la ciudad llega a ser sólo posible desde el recuerdo, idealizada en otro tiempo mejor (“Y otra ciudad al pie,/ allí, donde otro tiempo nos suplica un instante,/ en la luz distraída del presente.”). Por ello, todo lo exterior es la representación de un mundo interior donde lo exterior cobra sentido gracias a la memoria (así contemplamos escaparates que nos devuelven la luz para que a su vez se refleja en nosotros, espadas que desenvainan esta misma luz o campanadas que reverberan en los muros para vibrar mejor en nuestro silencio interior).

En la ciudad incluso los elementos de la naturaleza se convierten en algo frío, adverso, contagiados del carácter aséptico de las cosas inertes (“gris de las palomas”, “con los pájaros sucios/ que protestan…”). Pero, a pesar de ello, existe el anhelo de esa naturaleza primigenia, de su capacidad purificadora; de ahí que el poeta invoque el recuerdo de las fuentes (“Uno es tan solo ese deseo/ de recorrer el trayecto hacia las fuentes/ para lavar la sombra y desvelar el cielo,”) o el sonido del mar “cuando asciende en silencio por las cañerías/ y hace romper las olas/ en las orillas blancas del lavabo”. Y este anhelo introduce el motivo del viaje, de la partida, de un nuevo cielo, de una nueva luz, explicitándose esa ansia de renovación, esa aspiración a una vida nueva, esa purificación que acabamos de citar, en el poema “Navegando” (“Un barco balanceado,/ por un oleaje que era solo nuestro,/ dejaba/ un mundo atrás.”).

En el libro está presente de manera recurrente la función metalingüística del lenguaje, mediante el tema de la literatura, en lo que es un ejercicio de metapoesía a través de cual el poeta reflexiona sobre la práctica de la escritura como manera de autoconocimiento y de exorcizar las inquietudes cotidianas. El poema sirve de consuelo y como instrumento para reconstruir la realidad, que se desmorona a su alrededor, para edificar de nuevo un pasado ido para siempre.

Esta es la causa de que el escritor alce con sus versos un ámbito nuevo, que le sirve de amparo ante el mundo y la soledad. Intenta crear una conciencia de sí mediante el diálogo consigo mismo. Este ámbito con el que se arropa es el calor del pasado, de la memoria, aunque en esta rememoración exista una paradoja, pues el autor se adentra en el recuerdo para inducir un cambio en su presente, para establecer una variación en la monotonía de los días. A fin de cuentas, de esta forma, el pasado deja de ser tal y se transfigura en presente. Más que de una evocación del pasado, la palabra lo convierte a este en una emoción, en un estado de ánimo y de felicidad, en el que el espíritu busca un cambio de aires y hallarse a sí mismo. Por eso, hay unos versos que dicen: “para que nada cambie/ y que yo no sea el mismo”. Aquí, como vemos, se trata de establecer una identidad con el recuerdo causada por la insatisfacción ante el presente.

Otro elemento fundamental del texto es la luz, que el poeta intenta retener, atrapar, y que cuando se difumina deja el mundo en su ser verdadero, la oscuridad, donde es más fácil sentirse vivo y reconocerse, apartado de la inanidad de los objetos, de su hostilidad exánime y su vacío. A partir de esta oscuridad se puede reconstruir la existencia, tomando como referencia el sueño de una memoria más real que el presente. También el azul del cielo, de lo que está por encima de la realidad múltiple, caótica y fragmentada, es primordial, ya que significa el espacio abierto e ilimitado de la imaginación, que simboliza la libertad creadora.

Esto último contrasta con la atmósfera intimista del poema, que aspira a la amplitud en el hueco aparentemente estrecho de la reflexión interior, a una perspectiva infinita mediante el reflejo que la experiencia deja en el corazón humano. Esta reverberación, una vez más, se reviste de paradoja, dado que sólo la interioridad del hombre reinterpreta la realidad exterior y la dota de un verdadero significado.

La noche es otro factor imprescindible, pero no como reverso de la luz. No es el contrario de la luz interior, sino el entorno idóneo donde, a solas con uno mismo y con los recuerdos, se enciende la llama del pensamiento. Y este, al mismo tiempo, sirve de cauce para la revelación y la transformación que se gestan en las palabras. Y es en ese momento cuando aparece el lector distante, que, sin conocer al poeta, va imaginándolo e identificándose con su sueño; y que sin verlo, en realidad lo ve mejor, pues está alumbrado por esa luz de la palabra que fulge en el silencio de la página en blanco. Entonces, y citando al poeta, “mi voz/ es silencio en tu silencio”.

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