Viaje

“Yo he visto las puertas de Tannhaüser
y luchar naves en llamas más allá de Orión…”

Ph. K. Dick, Blade Runner

En el mundo actual, el deseo no se comprende sin su realización, de modo que uno no ha vivido realmente si no ha paseado, tras un guía, por las procelosas y abigarradas calles de El Cairo, apartando, con la suficiencia que otorga el billete de vuelta a los niños, que piden hasta el número de cuenta.

Yo también estoy aquí –suele pensarse–, cámara en ristre para certificar el hecho. No en un viaje vivencial, sino en un itinerario testifical, demostrable, un punto o dos por encima del resto. En el lugar mas alto, en el sitio más raro, de vuelta al hotel a las 8. El paquete turístico es eso, un embalaje. Uno se mete dentro y deja que lo transporten de un sitio a otro con el único fin de poder decir “Yo estuve allí”. 80 museos, 20 ciudades, 30 excursiones, 10.500 fotos…. 6.000 euros a pagar en 12 meses y luego ya veremos.

Y uno se lanza a consumir tópicos, o lo que es lo mismo, lugares comunes ya vividos a través de la televisión, paraísos imposibles de exotismo prefabricado, donde parece que incluso el olor a orines en las estrechas calles de la medina ha sido predispuesto por el touroperador. Un prodigio de ambientación a pagar en cómodos plazos, como el resto de nuestra existencia. Y, luego, con la misión cumplida, se regresa del Tercer Mundo con los tópicos como medallas para lucir ante un auditorio persuadido, en las cenas de amigos. Porque en estos viajes se ve lo que ya se ha visto y uno no va a descubrir, sino a corroborar. Todo lo que se salga de lo previsto se entiende como un fracaso y da pie a posibles reclamaciones. Aunque luego, están aquellos a los que les va el rollito catástrofe vacacional, aunque no lo busquen. Tsunamis, atentados, riadas, huracanes, intoxicaciones alimentarias, en fin, todo aquello de lo que se pueda dar testimonio en primera persona. Hay que tener en cuenta que con la grabación en vídeo del suceso se puede uno sufragar el viaje y, con suerte, sobra para ir a la siguiente desgracia.

Siempre hay alguien que, cuando regresas de un sitio, se hecha las manos a la cabeza y pone el grito en el cielo porque no has estado donde se espera que vaya todo el mundo, o no te has dignado a esperar las tres horas de cola para entrar. ¡¿Pero como es posible?!, ¡al genial Miguel Ángel no se le puede hacer semejante afrenta…!. Pero lo cierto es que se puede, y sin ningún remordimiento.

Por eso, lo verdaderamente exótico en nuestros días es la nostalgia de los lugares y tiempos no vividos, el viaje interior de la memoria abandonada al sueño. Lejos de verdad, en el único lugar donde seguro no te vas a encontrar a ningún vecino, ni te vas a enfrentar a infinitas colas de turistas. Son esos viajes que uno hace antes de viajar realmente, en los que uno decide que es lo que va a encontrar, descubrir o visitar. Viajes inmateriales a la esencia de los lugares, viajes de los que uno no tiene que dar cuenta a nadie, ni siquiera a los bancos.

Luis Andrés Domingo Puertas

Una extraña manera de quererse

Y porque nos acecha
la multitud y el tráfico del odio,
hemos sido testigos de la desolación,
del musgo ennegrecido que fingió su humedad
y del filo oxidado vestido de caricia.

Y no porque mis manos
hayan sabido siempre perderse por tu piel,
hemos perdido el día
que nos ha perseguido a ciegas tantas noches
fracasando y creyendo ser recuerdo.

Dispuesta a perpetuarse en la inconsciencia
de lo que vive a causa de su propia impostura,
ha sido una prisión la multitud,
cuando impuso el pasado su condena
de miradas amables y de halagos
con tara en el reverso del presente.

Y no es caer de nuevo en la desgracia
haber cogido el tren hacia los crematorios,
ser combustible ardiendo en el cadalso,
olvido repentino y este exilio
acechado de fieras y errores ortográficos,
y borrados principios
en los fines que implora la jauría.

Y porque nos acecha
todo lo que conspira en su miseria
y hay reptiles que ponen
un contraluz que explica cuanto somos
y todo lo que, amor, hemos querido,
hay lúcidos motivos que solo entenderá
quien haya amado tanto y a destiempo.

©Luis Andrés Domingo Puertas

Autoengaño

Cada cierto tiempo
regresa esta pequeña épica vencida
del que espera volver sin amargura
a los lugares propios.

Entonces imagino
consciente del engaño,
gentes desconocidas que miran limpiamente,
honestas certidumbres compartidas, libros
humildemente nuestros,
ruinas que nos explican y soportan
una mirada lúcida al mañana.

Desde un presente estúpido
y enfermo de palabras corrompidas,
me asomo a confirmar esta certeza
y vuelvo a retirarme al solitario
drama de estar despierto entre los muertos.

© Luis Andrés Domingo Puertas

Palomas por las alcantarillas

He visto que las cosas
cuando buscan su curso encuentran su vacío.

Federico García Lorca

Llovía sobre noviembre cuando los rascacielos
y aquella antología,
que ahora tiembla en mis manos,
fundaron Nueva York.

Yo ya era viejo entonces,
pero escribía poemas como un adolescente
que prefería quedarse
algo así como dentro de tus ojos,
mientras que anochecía lentamente en Coney Island
o era ya madrugada en Brooklyn Bridge,
no lo recuerdo.

El caso es que escribía
buscando una razón perdida por la casa,
o andaba a trompicones por el metro
intentando entender porqué la gente
seguía queriendo echar palomas por las alcantarillas
tantos años después.
Ahora supongo,
sin comprenderlo aún,
que tú lo viste claro a última hora
cuando tu cuerpo al fin se deshizo en el agua
entre el reflejo malva de los rascacielos
y la grava azulada en las cunetas.

Ser demasiado viejo y ser tan joven
como aquel marinero degollado en el Hudson.
Dormitando en mañanas de autobús, a un lado los apuntes,
llegar a Nueva York recién fundada y, ya en Atocha,
esa manera tuya de decirlo.
Eso si lo recuerdo.

Después me desgarraban
salpicados de sangre los olivos,
y tus páginas
a veces me cortaban limpiamente los dedos,
allí donde mi sueño tropezaba
con la realidad de las cafeterías
antes que amaneciese la ciudad.

Recuerdo cucharillas trinando en el café
y ese mal cuerpo crónico
del mundo en las aceras
camino del trabajo cada lunes,
mientras tú señalabas el desastre:
He visto que las cosas
cuando buscan su curso encuentran su vacío.

Pero yo vi también
una tímida noche de inseguras verdades
que tiemblan en la mano
todavía.

Con los sucios arroyos que ha traído hoy la lluvia
y un rasguño de página perdida,
llega el presente para irse.
Y me acuerdo de ti,
fundando Nueva York
en un dolor de huecos por el aire sin gente,
echándote de menos.

© Luis Andrés Domingo Puertas

Arde Notre Dame

Arde Notre Dame en París. Arden las altas bóvedas de la cultura, que se precipitan inversamente a un cielo de pavesas y humos, sumidas en el daño que causa lo eterno cuando nos muestra su efímera y frágil condición de ruina y silencio. Es una tarde hermosa y arde París, arde Notre Dame, arde Europa y arden los siglos; se desploman los pináculos y las agujas clavándose trágicamente en nuestros ojos heridos. Arde Notre Dame en la pira de la sombra y muere algo nuestro bajo las tracerías tristes de la tarde, entre los andamios carcelarios del cielo.

Arde Notre Dame en la sobrecogedora escena de un teatro donde un espectáculo mayúsculo y horrendo conmueve a las hordas ágrafas del mundo. Pero yo he visto arder Notre Dame todos los días, pequeñas y olvidadas catedrales de nuestro patrimonio que gritan sordos lamentos cotidianos alanceados de desidia, ignorancia y manifiesto desprecio. Arde Notre Dame en las piedras desprendidas de cada monumento que agoniza. Arde Notre Dame en cada expolio consentido. Arde Notre Dame en la arrogancia y la impunidad de los que se sienten dueños privativos de un legado cultural que es de todos. Arde Notre Dame en el abandono presupuestario de los bienes culturales. Arde Notre Dame en las piras incendiarias de algunos políticos que desprecian la cultura y a sus valedores y amenazan después impúdicos con desmantelarlo todo. Arde Notre Dame en la manipulación interesada de la historia y en la aceptación de construcciones conceptuales falsarias. Arde Notre Dame en la exaltación de la incultura.

Hoy arde Notre Dame, clavando un alto pináculo ardiente en nuestros corazones, pero yo he pisado las brasas y he sentido espinas olvidadas de un dolor que es diario y que nadie atiende.

Luis Andrés Domingo Puertas

Sin regreso

Decíamos ayer y nuestras bocas
se llenaban de aves migratorias.
Y entrabas de mi mano y me dejabas
aquella brisa azul de tardes limpias
y aquel frío
que, detrás de la lluvia,
era tarde de abril y algún recorte
de periódico ajado entre las páginas.

Te preguntaba entonces por los pájaros
y tú decías ayer con alas rotas.
Regresaba de pronto
aquella soledad a los jardines
y estallaba el cristal en las ventanas,
porque el ocaso era
una dura pedrada contra nuestras miradas
y aquel cielo
se parecía a abril
y era diciembre.

No lo sabías.
No sabías que el azul era el color invierno,
que la luz
contenía los desastres del mundo en unos ojos,
que confundías palabras con derribos,
frutos que eran recuerdos,
echados a perder, por mi melancolía.

Y así nos fuimos viendo borrados por la lluvia,
equivocados, cómplices
de una historia menor sin rumbo y sin memoria,
sin vestigios ni huellas,
sin rastros que seguir en el cristal del cielo,
sin destino en el sur de nuestros labios,
diciéndonos ayer,
viendo morir las aves
sin regreso.

© Luis Andrés Domingo Puertas

Sumideros de sombra

Hay un poema por hacer sobre el pájaro que solo tiene un ala

G. Apollinaire

Hay lugares que tienen alma de hombre triste, escenarios cuya única escena es una sucesión de tardes muertas a las que solo arriba un retazo de sol hecho pedazos o un rescoldo de gris con respiración de lluvia o punzada de niebla. En ellos, el cielo siempre pasa de largo o es una jaula en la que habita un pájaro a punto de morir sin conocer el aire. Son lugares reducidos a sí mismos en los que se va depositando un lamento continuo, como un residuo lento, sobre la estratificación del tiempo, una sombra de luz o una luz de sombra, algo así como una tarde larga de domingo en una cárcel. Esos lugares son hondos sumideros de tristeza, en ellos va desaguando el mundo ese sobrante de melancolía que le queda a todo aquello que sucede en la amplitud de las calles, en la distancia de los campos, en la longitud de las avenidas, en la luz de las plazas, en las risas infantiles de los parques, en la profundidad de ciertos horizontes con voz de lejanía. Suelen ser mundos escondidos del mundo, reductos de soledad lacerados con gritos de vecindario, llantos de niña a la que se le ha muerto el perro, a veces también, salpicados con voces sucias de trastienda, de conversaciones que han ido a morir allí entre el hollín, el polvo y los jirones de periódico. Lóbregas anomalías de la plenitud con ventanas sin vistas que se precipitan a un desfiladero sombrío, a un patio de luces donde la luz muere atrapada por la sombra y agoniza triste en tardes derruidas de sol sin nadie.

Solares tapiados, también rincones perdidos en jardines varados en medio del olvido de las ciudades, callejones con giro a ninguna parte, pasajes estrechos sin viandantes. Esos lugares están hechos con los restos del poema que jamás se escribió al pájaro de un solo ala que Apollinaire terminó por olvidar.

 

Para sellar mis labios

Por no estrellar los vasos en mitad de la noche
me he obligado a escribir este poema.

Y resulta difícil
admitir que lo hago
para dejar ileso el orden de mi casa,
para tener mañana, al levantarme,
algo realmente útil donde beber el agua
que la lluvia no deja en estos versos.

Es esa la verdad, y lo lamento.
Siento de corazón, si es que este late,
no poder ofrecer algún motivo
para buscar belleza en el teclado,
o quizá en el amor
que guardo en un lugar alejado de todo,
porque todo es hostil y hasta la música
esta noche me llama hacia el silencio
para sellar mis labios,
capaces de romper todo el cristal
que se mira en mi sed y en mis errores.

Ha terminado el día
y la noche ha guardado los vasos en su sitio,
el agua de otras lluvias y un poema
que contiene la rabia
de no saber qué hacer para cambiar la cosas.

© Luis Andrés Domingo Puertas

Juventud

Era escapar también por las canciones,
por los recodos turbios de una vida
que empezó a parecerse a una humareda
y a un puñado de sueños malogrados.

Aquella juventud
fue la estéril manera de convocar las horas
para quemarlas todas sin objeto
y comprender después el desengaño
en la letra pequeña de la vida.

El tiempo ya era antiguo cuando lo conocimos
y eran viejos los ojos
que escapaban también de las prisiones
y de los corredores
de la ciega costumbre que se vestía a la moda
ignorando el silencio de las últimas páginas,
de la luz que se iba
apagando sin tregua en nuestra tinta
como dócil ceniza que no guarda rescoldo
ni brisa en unos labios ahogados de poesía.

Exiliado
en la única patria en que puede vivir
aquel que llega tarde a las celebraciones,
he seguido buscando,
tantos años después,
la forma de encajar un hueco en el vacío,
la pieza que le falta
al puzle melancólico de un sueño.

© Luis Andrés Domingo Puertas

La ciudad más triste de Italia

Persuadir al olvido para que no te nombre,
para que no regreses con párpados pesados
al fondo de las calles de aquella ciudad triste.

O hasta aquel corazón cerrado por traslado,
hasta el hotel
discretamente oculto y melancólico
de nuestra enfermedad, esa desdicha súbita
de andar siempre en domingo
bajo los soportales provincianos
que guardaban el frío
y exhibían sus comercios a punto de cerrar.

Tampoco transitar de vez en cuando
el túnel tembloroso debajo de las vías,
ignorar los jardines
o esconder la sonrisa entre los pasos
sin encontrar la luz o alguna excusa
para borrar el cauce
de aquel arroyo seco de tristeza.

Y entre tanto,
tener miedo, tal vez, a que las autovías
no llegasen a ti, a que los trenes
no hiciesen más temblar los subterráneos,
aquella antigua cripta, sumidero de siglos
y luz artificial en la nostalgia.

Tener miedo, quizá,
de alcanzar un final
de avenidas inmunes al silencio,
insensibles al daño de aquella fiebre fría,
con los pasos cansados y la noche aún sin sueño,
muy lejos de la piel y del deseo.

Como querer marchar para abrazar tu olvido,
para cubrir con miedo ese alejarnos,
sin saber por qué túneles,
hacia la lluvia helada de otras calles,
hasta el ruido de fondo de las conversaciones
que hablaban de nosotros
y empezaban de pronto a recordarnos.

© Luis Andrés Domingo Puertas

Arqueología urbana

Qué hago
mirando la lluvia,
si no llueve.

Karmelo C. Iribarren

En la palabra lejos
cabe todo el pasado, el tiempo
que nunca ha sido tiempo
y el silencio de aquello
que nos llamaba a gritos
equivocando el nombre.

La penumbra del bar donde no entró
se ha quemado en los focos de una tienda de muebles
y ya no vuelvo a casa,
en las noches de invierno,
arrastrando los ojos por su olvido.

Casi todo está lejos,
tan lejos como quedan los verbos en pasado,
las calles que recorren estas calles
y cubren el asfalto que no pisó la vida, o quizá
esta sucia memoria que hace trampas
para aprobar su examen en presente.

Me pierden las aceras
y no cruzar la calle de un encuentro,
los mapas imposibles y las obras
que abren zanjas y alcanzan
pisadas de alquitrán desconocido,
la luz de otras farolas
que no nos conocieron.

© Luis Andrés Domingo Puertas

Destino de un recuerdo

El olvido jamás me hará inocente.

Joan Margarit

Sería como ir llegando a una ciudad,
conducir una vaga intuición de lo perdido.
Desconocer qué campos son nostalgia, qué recuerdos
son tal vez un suburbio.

Y confundir memoria con deseo,
dejar atrás los barrios y los asentamientos
de chabolas, los humos y una sucia
franja de luz naranja
que se muere en los bloques y en las copas
de los árboles
que nunca han pretendido el aire limpio.
Sería equivocar también una emoción
que ya no es nueva,
mientras que acaso llueve en la memoria
y otro que no eres tú sortea el tráfico
desesperadamente hacia la luz
de la ciudad que siempre quedó lejos.

Pero al fin,
ocurre que también las autovías, los cambios
de rasante al final de los túneles
desarman las compuertas de un sol desfallecido,
y abren la inmensidad a un precipicio
que ordena en los semáforos la espera
y, en los escaparates, esa herrumbre
que exhalan las cornisas
antes de sumergirse y ser naufragio.

Como el niño
que en sus últimos ojos no comprende
el fracaso del día y sus trayectos,
he llegado a Madrid.
Y bien pudiera ser
esta ciudad destino de un recuerdo
que aparcó por Atocha en otro tiempo
y caminó después hacia el Retiro,
tomado de la mano de un deseo
que siempre será el mismo.

© Luis Andrés Domingo Puertas

Nunca es tarde

Lo primero fue el vértigo, una violenta sensación de vacío y caída en medio de aquella multitud distraída y ávida que abarrotaba la calle como una riada. Le costaba mantenerse en pie y una espiral de brillantes luces contra el cielo nocturno acrecentó la sensación de ensoñación en el trance. Perder la consciencia y precipitarse entre los empujones fue lo siguiente.

Al despertar, cegado por la luz y contrariado por un dolor desconocido, escuchó las voces difusas de unas mujeres al otro lado de la puerta. No podía moverse, ni siquiera podía recordar quién era, no era capaz de comprender qué había pasado ni qué hacía allí. De pronto, la puerta se abrió despacio, y una mujer de rostro ajado, pero aún bella, se acercó a él. Entreabrió con dificultad los ojos y, al verla, sus rasgos le resultaron familiares. Sumido todavía en un pesado mareo, sintió como ella, cogía su mano y la acariciaba suavemente con el pulgar, ajena a lo que estaba ocurriendo. De  pronto, vio una lágrima resbalar por su mejilla y pronunció su nombre entre sollozos. “Has vuelto. Por fin has vuelto…”, dijo ella llorando antes de salir apresuradamente para avisar a los que estaban fuera.

Él seguía sin entender nada. Pasaron días extraños y difíciles hasta que fue capaz de preguntar. Habían transcurrido quince años desde aquella tarde de regreso a casa por Navidad. Y ella había seguido allí, esperándole.

© Luis Andrés Domingo Puertas

De mañana

No hay regalo
en este pesimismo de mañana cerrada,
con nubes bajas y nostalgia sucia.

Quizá sea que este mundo,
con sus manos mugrientas, ha manchado
la locura
de querer lo imposible. Esa risa
que provoca en los niños la inocencia.

Y sigue siendo igual
de ilusorio pensar que tras la niebla
no vaya a haber más niebla
de mañana en un mundo
cerrado por derribo para el cielo.

© Luis Andrés Domingo Puertas

Intimidad

Como el vocabulario
que viaja en la gramática de nuestra intimidad,
como el idioma
en que navega el tiempo por los cuerpos,
todo encuentra una playa detrás de cada línea. El amor
sabe dejar rescoldos de un ocaso
en la frase que escribes a deshora.

Han vuelto a ser un prólogo tus cosas
por el suelo esparcidas. Y regresa
imprecisa la luz que dice adiós
y nos deja otra vez
una intuición temblando en la penumbra.

Han vuelto a ser de nuevo
la ropa y mis poemas,
ceniza solamente,
presagio del temor
que ha de acudir después a nuestros labios,
cuando por fin ya sea
algo menos ruidosa nuestra respiración,
más cercana a la calma
y a la infamia del orden
que se impone en los cuerpos
que empiezan a alejarse.

Por eso, algunas tardes,
somos puerto de mar de una ciudad sitiada,
o tal vez el naufragio
de un barco que no existe pero alcanza,
a través de las aguas de nuestra incertidumbre,
las costas de un idioma
que fue nuestro.

© Luis Andrés Domingo Puertas

Días

Se persiguen
constantes e imprecisos nuestros días,
esas fugas de luz en las que buscas
flores y un desayuno detrás de los seísmos.

Yo te sigo buscando, aunque te tengo,
allí donde regalan ciertas tardes
ese modo de estar entre nosotros y el momento
en que miras y das, sin decir nada,
distancia para ser y escribirte sin prisa.

Pero sabes
que hubo también un tiempo en el que estábamos
hablando en un dialecto del pasado,
un lugar transitorio, una frontera,
un punto sin retorno donde el ayer moría
y no era una palabra
sino un rincón en sombra cerrado por derribo.

Y ahora nos persiguen por fin los perseguidos,
los mismos que eran nuestros sin nosotros,
los que nos dieron luz cuando se echó la tarde,
cuando aún
quedaba fuego y tiempo para mirar la vida.

© Luis Andrés Domingo Puertas

Abismos manejables

¿Alguien puede decirme
como se compaginan cauces y horizontes,
abismos manejables y páginas en blanco?.

He buscado cascadas y confines
y he anotado la luz en márgenes borrosos,
pero el azul del cielo ha quedado atrapado
en el cristal de una ventana.

No sé porqué escribiste aquello,
a qué vino enterrar vestigios del silencio
en el suelo quemado por la lluvia. Los ojos
no perdonan la prórroga que son
algunos riachuelos disecados.

Pero no lo evité, busqué los manantiales
en armarios contrarios al deseo
y la música fue
aquello que venía, ya roto el despertar,
a hacernos daño.

© Luis Andrés Domingo Puertas

Después del primer verso

A Evangelina

Siempre habrá un primer verso después de cada herida.
La primera palabra es un aviso
del dolor convocado en las restantes.
Nunca la cicatriz,
porque no hay curación, ni marca que recuerde
aquello que jamás podremos olvidar:
lo que no sucedió, aquel cuchillo
que nos hirió la vida que hoy nos duele.

Y podremos vagar de mar en mar buscando,
sentados en mil dársenas, la explicación del daño,
el propósito oscuro de las casualidades
a las que no acudimos tantas veces.

Pero sería perderse en el error de entonces
no mirarte a los ojos y confesar que todo
se enhebra en este amor, incluso aquello.
Que todo confabula y nos enreda
en esta luz que habita, desde hace ya tres años,
en nuestro corazón. Y que se puede
navegar una herida con viento favorable,
surcar este dolor como un designio
de la feliz derrota que nos lleva al ocaso.

Nunca la cicatriz,
nunca el recuerdo dócil sin historia,
porque quiero que duela en esta herida abierta
la brisa de tus ojos que me trajo a mi casa,
después del primer verso.

© Luis Andrés Domingo Puertas

El último poema

Cuando cifras tu vida en unos versos
y comprendes, tal vez, que no te deben nada,
que ellos son como tú, casuales, inconstantes,
que vienen cuando quieren y se van
sin decir nada apenas.

Cuando cifras la vida en todo eso
y las palabras huyen a sus significados
y ya no están manchadas y han perdido
ese olor en las manos, el aliento
de la tierra mojada después de la tormenta.

Cuando vuelves a casa y no has traído
un secreto en los labios que encerrar entre líneas,
ni la escarcha en los hombros, ni un retal del amor
que encontraste en tus años perdidos para siempre.

Cuando por fin ya nada
tiene más que decirte
y eres preso quizá de no estar obligado
a inventar otro ayer poblado de recuerdos,

entonces
has de pensar muy bien, amigo mío,
lo que vas a decir cuando te alcance
el penúltimo verso
de tu último poema.

© Luis Andrés Domingo Puertas

Aquellos cielos sombríos

Buscaste en las perdidas primaveras
respuesta a los dañados años turbios,
esa triste canción de los suburbios
que entona el frío sol de las afueras.

Aquello que murió entre enredaderas,
la maraña del tiempo y sus disturbios,
el corazón helado, aquellos turbios
bosquejos de otras vidas pasajeras.

¿A qué altares subimos el averno,
la costura asesina de estos labios
cerrados de palabras y de besos?.

¿Qué ceguera ocultó nuestros regresos,
puso cielos sombríos en nuestros labios,
hizo suyas las sombras del invierno?.

© Luis Andrés Domingo Puertas

Unos pocos detalles

Salir de madrugada a la terraza
y dejar que la escarcha se afane en su trabajo,
que la aguja del frío
proyecte su costura en lo que escribo
y todo sea remiendo
en la ropa que ayer tuvo su estreno.

Ver la noche proscrita cara a cara,
permitir su arañazo de gata callejera
antes de amanecer
y adivinar sin sueño
los dedos mitológicos del alba.
Escuchar el motor
de un camión que recauda
la escoria de los días para que todo vuelva
a comenzar de nuevo.

Son muy pocos detalles. Se delatan
algunas voces ebrias
que desafían el orden de los muertos,
la brasa de un cigarro
encendido en la niebla,
la luz que se consume y me consuma.

@ Luis Andrés Domingo Puertas

Después de todo

Quizá esta tarde quieras que, de nuevo,
regresemos desnudos y ya solos
a la conversación,
al café, los recuerdos y algunos cigarrillos entre medias.

Y es posible que afirmes, sin mirarme,
que no fue para tanto,
que nos dolió lo justo y que la herida
no volverá a sangrar, aunque haya algo
muy dentro de nosotros
que albergue algún recuerdo
borroso y precavido de aquel daño.
Que tal vez somos otros, pero quieres
que los mismos que fuimos nos reclamen
a la cama aún deshecha que ha guardado,
mezclado con el sueño,
el calor conmovido tanto tiempo.

Y harán los telediarios y las redes,
los muebles y esta mesa,
el fondo inmanejable de la historia,
la humareda
del presente imperfecto en que quizá me cuentes
la razón de las lagrimas
que anegaron relojes y cortinas,
tiempo e intimidad a salvo de las balas
que, en ocasiones, silban todavía en torno nuestro.

Querrás quitar la herrumbre de las rosas
con manos que recuerdan la frescura.
Y lo conseguirás, porque me encuentras
más seguro que nunca de que guardas
una razón de amor y algunas cicatrices
escritas en las alas y a despecho
de francotiradores que no acertarán nunca y están lejos
de este nosotros nuestro que ha sabido aguardar
sobrevolando daño y callejones.

Es posible, quizá,
que hablemos esta tarde como siempre
después de tantas cosas y el olvido
que ha recordado tanto de nosotros.

© Luis Andrés Domingo Puertas

 

 

 

Las afueras

Aunque no me recuerdes, sabrás por mis errores
que hay un suburbio ciego en la ciudad que fuimos,
un distrito de sombras y de olvidos,
de inhóspita soberbia y de creerse eternos
sin ser supervivientes
de pequeños desastres ignorados.

Sabrás por los jirones
que sobran los disfraces en la piel del mendigo,
que nada se sostiene
en la pobreza de compartir distancias y silencios
y que acaso la luz, como divisa falsa,
alumbró el latrocinio de la luz verdadera.

No sabrás sin embargo que fue cierto
el roce de mi abrigo con el tuyo esa mañana,
cuando aquel autobús nos alejó
del centro de la vida.

© Luis Andrés Domingo Puertas

Y que no vino nadie

Ni periódicos viejos,
ni el rezagado pájaro del frío,
ni el párpado del día que se cerró sin ti
llevándose lo puesto y nuestro olvido.

Ni el viento en las rendijas,
ni los parques perdidos de noviembre,
ni las nubes
que se unieron tal vez a la costumbre
de borrar equinoccios, la palabra
————————————————  —–‎‎septiembre
de los vocabularios, o más bien
que no hubiera razón para encender
un mínimo recuerdo y calentar
aquel país común en nuestro exilio.

Y un no pertenecer
al lugar donde estabas ya tan lejos,
como aquella intemperie
enferma de palabras y centros comerciales
por los que te perdiste.
Un muy lejos de aquí, un descuidado
completar formularios donde escribías un nombre
aún por pronunciar, salvo en la luz
que quería respirar mientras se ahogaba
en los pasillos ciegos del insomnio.

Y que no vino nadie hasta el amanecer.
Calles recién llovidas
de un otoño
en que escribí tu nombre en un poema.

© Luis Andrés Domingo Puertas

Sumisa luz de infierno

Si existo en este amor es porque tengo
intactas las razones de mis dudas,
porque -luz desgastada- vives, mudas
tu mirada en mi asombro. Y sostengo,

allá donde resiste y ata su abolengo,
la tensa claridad que al fin desnudas,
y desata la sombra en que te escudas
y enciende música en la que me detengo.

Amor, sombra, prisión, sed derramada,
deseo mortal sobre tu cuerpo herido,
humedad que mis dedos han vencido.

Sumisa luz de infierno que, atrapada,
en los cielos expone su gemido,
pasión y alud de nieve, malherido.

© Luis Andrés Domingo Puertas

Un nombre para Madrid (Poética)

Todavía recuerdo cuando Madrid no tenía nombre.

Una ciudad sin nombre es solo una urbanización, un amontonamiento de edificios sin historia, una aglomeración de bloques y contaminación que crece trabajosamente en el hormigón de la rutina y las prisas. Madrid no era Madrid. Era otra cosa. Era una geografía del caos sin adjetivos, un verbo intransitivo que nos dejaba parados en un extrarradio de vertederos y sombras, de despojos de tiempo sin tránsito, de angustia sin escapatoria y líneas de autobuses sin destino. Madrid era una ciudad sin nombre, un nosotros muy lejos, un tú y yo sin cielos y sin literatura.

Porque luego he sabido que las ciudades se construyen cuando se nombran, y se nombran cuando se miran adquiriendo forma en la semántica de las emociones y de los significados, un laborioso edificar en la palabra, un consenso sentimental de grúas y de andamios trasegados de tardes y de noches, de operarios fecundos en los ojos que miran para ver la ciudad edificada, de calles encendidas y de pasos que trazan itinerarios en el oro de la iluminación nocturna. Incluso así, la contaminación es algo emocional, un vaho que exhala el alma culpable de la ciudad, un légamo aéreo en el que pueden expandirse las raíces ahogadas de un poema. Es la suciedad vista al trasluz de nuestra forma de ver, confundida y mezclada con las nieblas y las nubes.

Por eso Madrid nace en el rincón más íntimo de la palabra nosotros. Justo en la fugaz voluta que el vapor del café ha dibujado entre nuestros cuerpos cuando dices Madrid, y crece la ciudad suspendida en tu aliento ante la atenta mirada del futuro. Justo en el recodo de un pensamiento, de una ilusión dibujada entre líneas de edificios que van creciendo ante el nosotros más nuestro, ante dos miradas unísonas, con deletreo mecanográfico entre la calle del Codo y un instante con lentitud de beso interminable. Y así nace Madrid, de un cruce de miradas, de los horizontes turbios que se van quemando en las siluetas de los edificios, tendidos, casi a punto de morir para nosotros y renacer en luces y ventanas detrás de las que, quien sabe, también nos amamos.

Madrid es ahora la ciudad que nombra el aire que nace de tus labios cada vez que me suplicas una huida, el lugar perdido en un parque donde nos espía la quietud y la humedad, Madrid es el nombre de todas las calles por las que una vez recorrimos las rutas de una belleza que nunca había existido antes de nosotros.

Madrid ya no es la burocrática sombra de un lugar sin nombre, ya no es la frustración que queda derramada en la ruina de los rostros anónimos, que eran los nuestros. Madrid es ahora, y ya para siempre, una metáfora nacida de nosotros para hacer realidad la memoria de un sueño nocturno que yo busqué en tus ojos.

Presentación de “La memoria del frío”

Marcapáginas Memoria 1Ya había ganas de que llegara y, por fin, ha llegado. Con los libros aún calientes, he querido realizar la primera presentación de “La memoria del frío”, mi nuevo poemario, en mi pueblo, Villarejo de Salvanés. Más adelante os iré informando sobre otras presentaciones.

Junto al calor de la imprenta, los poemas que se recogen en este libro, aún traen un rescoldo frío de este último invierno, una pátina de nieve posada en la memoria, un no querer desprenderse del contraste paradójico de las cosas que nos duelen alegremente. Quiero presentaros y, sobre todo, contaros en qué consiste este puñado de poemas, escritos a lo largo de 2017, y quiero también contar con vuestra compañía en un momento tan especial para mi.

Por eso, os invito a la presentación y a la lectura de poemas que se realizará el próximo miércoles 25 de abril a las 20:00 h. en la Casa de la Tercia.

Y quiero dar las gracias ante todo a Pablo Méndez Jaque, mi editor, por acoger tan calurosamente este poemario en su editorial. También a Rebeca Figueroa, que me acompañará en la presentación del libro.

¡Os espero!

El poema “Una extraña lealtad” gana el premio “Poemas de amor” de Zenda

Mi poema “Una extraña lealtad”, enviado al concurso “Poemas de amor” organizado por la revista Zenda y patrocinado por Iberdrola, ha sido el ganador entre los más de 800 poemas presentados por distintos autores. Y el jurado que así lo ha considerado ha estado compuesto por: José Manuel Caballero Bonald, Ana Merino, Alicia Aza, Luis García Montero y Antonio Lucas, con Miguel Munárriz como secretario.

Gracias al jurado y a todos los que han leído el poema. Enhorabuena también a los finalistas y a María Ramos, semifinalista y autora de un magnífico poema.

Ganador y finalista Poemas de amor de Zenda

Aquellos días

El amor, la soledad, la duda,
los suburbios manchados, las pasiones,
la brújula, el sudor, las emociones,
el silencio, las calles y la bruma.

Tu rubor, mi calor, la piel que oscura
lleva un último adiós a las canciones,
la perdida estación, un as de corazones,
la manga que lo esconde y lo desnuda.

La fiera desazón de otro latido,
la azul habitación que contenía
el temblor de dos cuerpos doblegados.

Las tardes que perdimos a los dados
de aquellos días que con su azar se han ido,
la poesía que se irá con los que han sido.

© Luis Andrés Domingo Puertas