Arqueología urbana

Qué hago
mirando la lluvia,
si no llueve.

Karmelo C. Iribarren

En la palabra lejos
cabe todo el pasado, el tiempo
que nunca ha sido tiempo
y el silencio de aquello
que nos llamaba a gritos
equivocando el nombre.

La penumbra del bar donde no entró
se ha quemado en los focos de una tienda de muebles
y ya no vuelvo a casa,
en las noches de invierno,
arrastrando los ojos por su olvido.

Casi todo está lejos,
tan lejos como quedan los verbos en pasado,
las calles que recorren estas calles
y cubren el asfalto que no pisó la vida, o quizá
esta sucia memoria que hace trampas
para aprobar su examen en presente.

Me pierden las aceras
y no cruzar la calle de un encuentro,
los mapas imposibles y las obras
que abren zanjas y alcanzan
pisadas de alquitrán desconocido,
la luz de otras farolas
que no nos conocieron.

© Luis Andrés Domingo Puertas

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Destino de un recuerdo

El olvido jamás me hará inocente.

Joan Margarit

Sería como ir llegando a una ciudad,
conducir una vaga intuición de lo perdido.
Desconocer qué campos son nostalgia, qué recuerdos
son tal vez un suburbio.

Y confundir memoria con deseo,
dejar atrás los barrios y los asentamientos
de chabolas, los humos y una sucia
franja de luz naranja
que se muere en los bloques y en las copas
de los árboles
que nunca han pretendido el aire limpio.
Sería equivocar también una emoción
que ya no es nueva,
mientras que acaso llueve en la memoria
y otro que no eres tú sortea el tráfico
desesperadamente hacia la luz
de la ciudad que siempre quedó lejos.

Pero al fin,
ocurre que también las autovías, los cambios
de rasante al final de los túneles
desarman las compuertas de un sol desfallecido,
y abren la inmensidad a un precipicio
que ordena en los semáforos la espera
y, en los escaparates, esa herrumbre
que exhalan las cornisas
antes de sumergirse y ser naufragio.

Como el niño
que en sus últimos ojos no comprende
el fracaso del día y sus trayectos,
he llegado a Madrid.
Y bien pudiera ser
esta ciudad destino de un recuerdo
que aparcó por Atocha en otro tiempo
y caminó después hacia el Retiro,
tomado de la mano de un deseo
que siempre será el mismo.

© Luis Andrés Domingo Puertas

Nunca es tarde

Lo primero fue el vértigo, una violenta sensación de vacío y caída en medio de aquella multitud distraída y ávida que abarrotaba la calle como una riada. Le costaba mantenerse en pie y una espiral de brillantes luces contra el cielo nocturno acrecentó la sensación de ensoñación en el trance. Perder la consciencia y precipitarse entre los empujones fue lo siguiente.

Al despertar, cegado por la luz y contrariado por un dolor desconocido, escuchó las voces difusas de unas mujeres al otro lado de la puerta. No podía moverse, ni siquiera podía recordar quién era, no era capaz de comprender qué había pasado ni qué hacía allí. De pronto, la puerta se abrió despacio, y una mujer de rostro ajado, pero aún bella, se acercó a él. Entreabrió con dificultad los ojos y, al verla, sus rasgos le resultaron familiares. Sumido todavía en un pesado mareo, sintió como ella, cogía su mano y la acariciaba suavemente con el pulgar, ajena a lo que estaba ocurriendo. De  pronto, vio una lágrima resbalar por su mejilla y pronunció su nombre entre sollozos. “Has vuelto. Por fin has vuelto…”, dijo ella llorando antes de salir apresuradamente para avisar a los que estaban fuera.

Él seguía sin entender nada. Pasaron días extraños y difíciles hasta que fue capaz de preguntar. Habían transcurrido quince años desde aquella tarde de regreso a casa por Navidad. Y ella había seguido allí, esperándole.

© Luis Andrés Domingo Puertas

De mañana

No hay regalo
en este pesimismo de mañana cerrada,
con nubes bajas y nostalgia sucia.

Quizá sea que este mundo,
con sus manos mugrientas, ha manchado
la locura
de querer lo imposible. Esa risa
que provoca en los niños la inocencia.

Y sigue siendo igual
de ilusorio pensar que tras la niebla
no vaya a haber más niebla
de mañana en un mundo
cerrado por derribo para el cielo.

© Luis Andrés Domingo Puertas

Intimidad

Como el vocabulario
cosido a la gramática de nuestra intimidad,
como el idioma
en que dialoga el tiempo con los cuerpos,
todo puede leerse detrás de cada línea. El amor
debe dejar rescoldos
en la frase que escribes a deshora.

Han vuelto a ser un prólogo
tus cosas esparcidas por el suelo
y regresa indecisa
la luz que dice adiós y que conserva
una intuición escrita en la penumbra.
La ropa, tu bolso, mis poemas,
ceniza solamente, una premonición
del temor que vendrá después de todo,
cuando sea
algo menos ruidosa nuestra respiración,
ya cercana a la calma,
a la infamia del orden
que se impone en los cuerpos
que empiezan a alejarse.

Puede entenderse así que, algunas tardes,
somos puerto de mar de una ciudad sitiada
de la que parten barcos
que habrán de navegar la incertidumbre
de nuevo hacia el regreso.

© Luis Andrés Domingo Puertas

Días

Se persiguen
constantes e imprecisos nuestros días,
esas fugas de luz en las que buscas
flores y un desayuno detrás de los seísmos.

Yo te sigo buscando, aunque te tengo,
allí donde regalan ciertas tardes
ese modo de estar entre nosotros y el momento
en que miras y das, sin decir nada,
distancia para ser y escribirte sin prisa.

Pero sabes
que hubo también un tiempo en el que estábamos
hablando en un dialecto del pasado,
un lugar transitorio, una frontera,
un punto sin retorno donde el ayer moría
y no era una palabra
sino un rincón en sombra cerrado por derribo.

Y ahora nos persiguen por fin los perseguidos,
los mismos que eran nuestros sin nosotros,
los que nos dieron luz cuando se echó la tarde,
cuando aún
quedaba fuego y tiempo para mirar la vida.

© Luis Andrés Domingo Puertas

Abismos manejables

¿Alguien puede decirme
como se compaginan cauces y horizontes,
abismos manejables y páginas en blanco?.

He buscado cascadas y confines
y he anotado la luz en márgenes borrosos,
pero el azul del cielo ha quedado atrapado
en el cristal de una ventana.

No sé porqué escribiste aquello,
a qué vino enterrar vestigios del silencio
en el suelo quemado por la lluvia. Los ojos
no perdonan la prórroga que son
algunos riachuelos disecados.

Pero no lo evité, busqué los manantiales
en armarios contrarios al deseo
y la música fue
aquello que venía, ya roto el despertar,
a hacernos daño.

© Luis Andrés Domingo Puertas

Después del primer verso

A Evangelina

Siempre habrá un primer verso después de cada herida.
La primera palabra es un aviso
del dolor convocado en las restantes.
Nunca la cicatriz,
porque no hay curación, ni marca que recuerde
aquello que jamás podremos olvidar:
lo que no sucedió, aquel cuchillo
que nos hirió la vida que hoy nos duele.

Y podremos vagar de mar en mar buscando,
sentados en mil dársenas, la explicación del daño,
el propósito oscuro de las casualidades
a las que no acudimos tantas veces.

Pero sería perderse en el error de entonces
no mirarte a los ojos y confesar que todo
se enhebra en este amor, incluso aquello.
Que todo confabula y nos enreda
en esta luz que habita, desde hace ya tres años,
en nuestro corazón. Y que se puede
navegar una herida con viento favorable,
surcar este dolor como un designio
de la feliz derrota que nos lleva al ocaso.

Nunca la cicatriz,
nunca el recuerdo dócil sin historia,
porque quiero que duela en esta herida abierta
la brisa de tus ojos que me trajo a mi casa,
después del primer verso.

© Luis Andrés Domingo Puertas

El último poema

Cuando cifras tu vida en unos versos
y comprendes, tal vez, que no te deben nada,
que ellos son como tú, casuales, inconstantes,
que vienen cuando quieren y se van
sin decir nada apenas.

Cuando cifras la vida en todo eso
y las palabras huyen a sus significados
y ya no están manchadas y han perdido
ese olor en las manos, el aliento
de la tierra mojada después de la tormenta.

Cuando vuelves a casa y no has traído
un secreto en los labios que encerrar entre líneas,
ni la escarcha en los hombros, ni un retal del amor
que encontraste en tus años perdidos para siempre.

Cuando por fin ya nada
tiene más que decirte
y eres preso quizá de no estar obligado
a inventar otro ayer poblado de recuerdos,

entonces
has de pensar muy bien, amigo mío,
lo que vas a decir cuando te alcance
el penúltimo verso
de tu último poema.

© Luis Andrés Domingo Puertas

Aquellos cielos sombríos

Buscaste en las perdidas primaveras
respuesta a los dañados años turbios,
esa triste canción de los suburbios
que entona el frío sol de las afueras.

Aquello que murió entre enredaderas,
la maraña del tiempo y sus disturbios,
el corazón helado, aquellos turbios
bosquejos de otras vidas pasajeras.

¿A qué altares subimos el averno,
la costura asesina de estos labios
cerrados de palabras y de besos?.

¿Qué ceguera ocultó nuestros regresos,
puso cielos sombríos en nuestros labios,
hizo suyas las sombras del invierno?.

© Luis Andrés Domingo Puertas

Unos pocos detalles

Salir de madrugada a la terraza
y dejar que la escarcha se afane en su trabajo,
que la aguja del frío
proyecte su costura en lo que escribo
y todo sea remiendo
en la ropa que ayer tuvo su estreno.

Ver la noche proscrita cara a cara,
permitir su arañazo de gata callejera
antes de amanecer
y adivinar sin sueño
los dedos mitológicos del alba.
Escuchar el motor
de un camión que recauda
la escoria de los días para que todo vuelva
a comenzar de nuevo.

Son muy pocos detalles. Se delatan
algunas voces ebrias
que desafían el orden de los muertos,
la brasa de un cigarro
encendido en la niebla,
la luz que se consume y me consuma.

@ Luis Andrés Domingo Puertas

Después de todo

Quizá esta tarde quieras que, de nuevo,
regresemos desnudos y ya solos
a la conversación,
al café, los recuerdos y algunos cigarrillos entre medias.

Y es posible que afirmes, sin mirarme,
que no fue para tanto,
que nos dolió lo justo y que la herida
no volverá a sangrar, aunque haya algo
muy dentro de nosotros
que albergue algún recuerdo
borroso y precavido de aquel daño.
Que tal vez somos otros, pero quieres
que los mismos que fuimos nos reclamen
a la cama aún deshecha que ha guardado,
mezclado con el sueño,
el calor conmovido tanto tiempo.

Y harán los telediarios y las redes,
los muebles y esta mesa,
el fondo inmanejable de la historia,
la humareda
del presente imperfecto en que quizá me cuentes
la razón de las lagrimas
que anegaron relojes y cortinas,
tiempo e intimidad a salvo de las balas
que, en ocasiones, silban todavía en torno nuestro.

Querrás quitar la herrumbre de las rosas
con manos que recuerdan la frescura.
Y lo conseguirás, porque me encuentras
más seguro que nunca de que guardas
una razón de amor y algunas cicatrices
escritas en las alas y a despecho
de francotiradores que no acertarán nunca y están lejos
de este nosotros nuestro que ha sabido aguardar
sobrevolando daño y callejones.

Es posible, quizá,
que hablemos esta tarde como siempre
después de tantas cosas y el olvido
que ha recordado tanto de nosotros.

© Luis Andrés Domingo Puertas

 

 

 

Las afueras

Aunque no me recuerdes, sabrás por mis errores
que hay un suburbio ciego en la ciudad que fuimos,
un distrito de sombras y de olvidos,
de inhóspita soberbia y de creerse eternos
sin ser supervivientes
de pequeños desastres ignorados.

Sabrás por los jirones
que sobran los disfraces en la piel del mendigo,
que nada se sostiene
en la pobreza de compartir distancias y silencios
y que acaso la luz, como divisa falsa,
alumbró el latrocinio de la luz verdadera.

No sabrás sin embargo que fue cierto
el roce de mi abrigo con el tuyo esa mañana,
cuando aquel autobús nos alejó
del centro de la vida.

© Luis Andrés Domingo Puertas

Y que no vino nadie

Ni periódicos viejos,
ni el rezagado pájaro del frío,
ni el párpado del día que se cerró sin ti
llevándose lo puesto y nuestro olvido.

Ni el viento en las rendijas,
ni los parques perdidos de noviembre,
ni las nubes
que se unieron tal vez a la costumbre
de borrar equinoccios, la palabra
————————————————  —–‎‎septiembre
de los vocabularios, o más bien
que no hubiera razón para encender
un mínimo recuerdo y calentar
aquel país común en nuestro exilio.

Y un no pertenecer
al lugar donde estabas ya tan lejos,
como aquella intemperie
enferma de palabras y centros comerciales
por los que te perdiste.
Un muy lejos de aquí, un descuidado
completar formularios donde escribías un nombre
aún por pronunciar, salvo en la luz
que quería respirar mientras se ahogaba
en los pasillos ciegos del insomnio.

Y que no vino nadie hasta el amanecer.
Calles recién llovidas
de un otoño
en que escribí tu nombre en un poema.

© Luis Andrés Domingo Puertas

Sumisa luz de infierno

Si existo en este amor es porque tengo
intactas las razones de mis dudas,
porque -luz desgastada- vives, mudas
tu mirada en mi asombro. Y sostengo,

allá donde resiste y ata su abolengo,
la tensa claridad que al fin desnudas,
y desata la sombra en que te escudas
y enciende música en la que me detengo.

Amor, sombra, prisión, sed derramada,
deseo mortal sobre tu cuerpo herido,
humedad que mis dedos han vencido.

Sumisa luz de infierno que, atrapada,
en los cielos expone su gemido,
pasión y alud de nieve, malherido.

© Luis Andrés Domingo Puertas

Un nombre para Madrid (Poética)

Todavía recuerdo cuando Madrid no tenía nombre.

Una ciudad sin nombre es solo una urbanización, un amontonamiento de edificios sin historia, una aglomeración de bloques y contaminación que crece trabajosamente en el hormigón de la rutina y las prisas. Madrid no era Madrid. Era otra cosa. Era una geografía del caos sin adjetivos, un verbo intransitivo que nos dejaba parados en un extrarradio de vertederos y sombras, de despojos de tiempo sin tránsito, de angustia sin escapatoria y líneas de autobuses sin destino. Madrid era una ciudad sin nombre, un nosotros muy lejos, un tú y yo sin cielos y sin literatura.

Porque luego he sabido que las ciudades se construyen cuando se nombran, y se nombran cuando se miran adquiriendo forma en la semántica de las emociones y de los significados, un laborioso edificar en la palabra, un consenso sentimental de grúas y de andamios trasegados de tardes y de noches, de operarios fecundos en los ojos que miran para ver la ciudad edificada, de calles encendidas y de pasos que trazan itinerarios en el oro de la iluminación nocturna. Incluso así, la contaminación es algo emocional, un vaho que exhala el alma culpable de la ciudad, un légamo aéreo en el que pueden expandirse las raíces ahogadas de un poema. Es la suciedad vista al trasluz de nuestra forma de ver, confundida y mezclada con las nieblas y las nubes.

Por eso Madrid nace en el rincón más íntimo de la palabra nosotros. Justo en la fugaz voluta que el vapor del café ha dibujado entre nuestros cuerpos cuando dices Madrid, y crece la ciudad suspendida en tu aliento ante la atenta mirada del futuro. Justo en el recodo de un pensamiento, de una ilusión dibujada entre líneas de edificios que van creciendo ante el nosotros más nuestro, ante dos miradas unísonas, con deletreo mecanográfico entre la calle del Codo y un instante con lentitud de beso interminable. Y así nace Madrid, de un cruce de miradas, de los horizontes turbios que se van quemando en las siluetas de los edificios, tendidos, casi a punto de morir para nosotros y renacer en luces y ventanas detrás de las que, quien sabe, también nos amamos.

Madrid es ahora la ciudad que nombra el aire que nace de tus labios cada vez que me suplicas una huida, el lugar perdido en un parque donde nos espía la quietud y la humedad, Madrid es el nombre de todas las calles por las que una vez recorrimos las rutas de una belleza que nunca había existido antes de nosotros.

Madrid ya no es la burocrática sombra de un lugar sin nombre, ya no es la frustración que queda derramada en la ruina de los rostros anónimos, que eran los nuestros. Madrid es ahora, y ya para siempre, una metáfora nacida de nosotros para hacer realidad la memoria de un sueño nocturno que yo busqué en tus ojos.

Presentación de “La memoria del frío”

Marcapáginas Memoria 1Ya había ganas de que llegara y, por fin, ha llegado. Con los libros aún calientes, he querido realizar la primera presentación de “La memoria del frío”, mi nuevo poemario, en mi pueblo, Villarejo de Salvanés. Más adelante os iré informando sobre otras presentaciones.

Junto al calor de la imprenta, los poemas que se recogen en este libro, aún traen un rescoldo frío de este último invierno, una pátina de nieve posada en la memoria, un no querer desprenderse del contraste paradójico de las cosas que nos duelen alegremente. Quiero presentaros y, sobre todo, contaros en qué consiste este puñado de poemas, escritos a lo largo de 2017, y quiero también contar con vuestra compañía en un momento tan especial para mi.

Por eso, os invito a la presentación y a la lectura de poemas que se realizará el próximo miércoles 25 de abril a las 20:00 h. en la Casa de la Tercia.

Y quiero dar las gracias ante todo a Pablo Méndez Jaque, mi editor, por acoger tan calurosamente este poemario en su editorial. También a Rebeca Figueroa, que me acompañará en la presentación del libro.

¡Os espero!

El poema “Una extraña lealtad” gana el premio “Poemas de amor” de Zenda

Mi poema “Una extraña lealtad”, enviado al concurso “Poemas de amor” organizado por la revista Zenda y patrocinado por Iberdrola, ha sido el ganador entre los más de 800 poemas presentados por distintos autores. Y el jurado que así lo ha considerado ha estado compuesto por: José Manuel Caballero Bonald, Ana Merino, Alicia Aza, Luis García Montero y Antonio Lucas, con Miguel Munárriz como secretario.

Gracias al jurado y a todos los que han leído el poema. Enhorabuena también a los finalistas y a María Ramos, semifinalista y autora de un magnífico poema.

Ganador y finalista Poemas de amor de Zenda

Aquellos días

El amor, la soledad, la duda,
los suburbios manchados, las pasiones,
la brújula, el sudor, las emociones,
el silencio, las calles y la bruma.

Tu rubor, mi calor, la piel que oscura
lleva un último adiós a las canciones,
la perdida estación, un as de corazones,
la manga que lo esconde y lo desnuda.

La fiera desazón de otro latido,
la azul habitación que contenía
el temblor de dos cuerpos doblegados.

Las tardes que perdimos a los dados
de aquellos días que con su azar se han ido,
la poesía que se irá con los que han sido.

© Luis Andrés Domingo Puertas